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miércoles, 13 de julio de 2011

Viernes otra vez

Mi abuela tenia video, en rosario a mis 12 años no era algo tan común, así que todos los viernes después del colegio me alquilaba una peli en el video que estaba debajo de mi casa y me iba para allá con la excusa de visitarla .Mi abuela vivía con mi tía, mi tío y mis tres primos.
Entonces los viernes caía a la tarde, a una casa que tenia espacios reducidos.
Mi abuela se asombraba de mi capacidad para mirar televisión (también tenia cable).
Todos intentaban continuar su vida normal conmigo por ahí. A veces bañábamos a la perra, por momentos quedaba un poco en el medio de los muebles y de los quehaceres de cada uno, y como yo parecía no interpretar me mandaban a comprar algo.
Una tarde agarre la bicicross de mi primo (bastante más chico que yo en tamaño) para ir a comprar pan. En realidad creo que me mandaron a comprar el pan y puse la condición de ir en la bici, casualmente nueva y flamante.
Durante las cuatro cuadras de ida, las willis y el viento en la cara me hicieron tomar una seguridad algo peligrosa. A la vuelta, la bolsa y las ojotas se pusieron de acuerdo para hacerme perder el equilibrio y en uno de los saltos me enganche el dedo gordo vaya a saber con que mierda.
De la uña para abajo, me había arrancado toda la piel, como si me hubiera sacado un capuchón, brotaba sangre, de la cual creo haber dejado rastro.
Cuando llegue, antes de entrar limpie el pedal, no por miedo al reto sino porque pensé “ya que soy un boludo, no le puedo dejar manchada la bici nueva a mi primo”.
La recepción no fue agradable, mi tía ya a esa altura tenía las pelotas llenas y encima yo caía con un dedo casi arrancado. Casi me mata, bah, en realidad debe haber pegado un grito; yo creo que me puse a llorar.
Me llevo a la bañera donde me curo y me vendo.Luego vino mi tío, cenamos y vimos la película que había alquilado, un tanto subida de tono, creo que decían unas obscenidades.
Esa noche mirando la tele del living, acostado en el catre que me armaba mí abuela para dormir, empecé a sentir un ruido en la puerta que daba a la calle, una puerta que tenía dos cuadrados grandes de vidrio esmerilado con rejas, uno arriba y otro abajo.
Un ruido, que al mirar a través del vidrio se transformo en una persona en cuclillas tratando de abrir el ventanujo de abajo.
La reputa madre que los parió, quieren robar… el miedo me inmovilizaba, pero rengueando me fui hasta la habitación de mi tía.
Antes de llamar cobardemente supuse que luego de esto mi familia paterna me solicitaría amablemente que por favor dejara de frecuentarla.
En voz muy baja empecé- Tía… tía… por suerte no estaban durmiendo todavía – ¿que pasa? – me dijo riéndose vaya uno a saber de que -veni que hay alguien en la puerta tratando de abrirla…-. Mi tío ni se levanto y mi tía riéndose mas fuerte (por suerte), vino a ver que pasaba, mas por curiosidad que otra cosa.
Cuando llegamos a la puerta el intruso seguía ahí forcejeando con algo en la base de la puerta, mi tía se acerco y cuando estuvo bien cerca abrió la ventana de golpe.
Yo no salía de mi asombro por dos cosas, su valentía y mi cobardía. Con el ventanujo abierto totalmente, y yo atrás de ella a un metro a punto de salir corriendo, vimos a una amiga de mi prima que del susto también había quedado sentada de culo en el suelo, con una nota en la mano que hacia quince minutos que estaba tratando de meter por debajo de la puerta.
Pasaba con sus padres en el auto y había insistido en dejar una nota su mejor amiga aduciendo cosas escolares.
Recibimos la carta, y la leímos, era una suerte de nota de una preadolescente a otra con un chisme de un compañero del colegio. Le contaba que el facha había ido con un arito al colegio y la maestra se lo había hecho sacar, para descubrir que era un ganchito de metal de esos que se usaban para agarrar las medias. Fin de la importantísima nota.
Desde el living se escuchaban los ronquidos de mi tío, y mientras mi tía se iba a acostar todavía riendo, me dijo “apaga la tele y dormí”.
En la oscuridad pensé en espaciar mis visitas a bien de no ser odiado por toda la familia paterna, con mi papa en el exterior estar ahí me hacia sentir en contacto con el.
Como el viernes siguiente cumplía trece años, no cumplí mi promesa y me fuí hacia la casa no con una, sino con dos películas. Me esperaba un regalo de cumple años que mi abuela me había comprado asesorada por mi tía, un par de zapatillas Nike.
Esa tarde salí a correr.