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jueves, 6 de julio de 2017

El día que pensé en matarme

Creo fundamentalmente en el estructurado de las acciones. Uno se levanta, pone los pies en la tierra, se cepilla los dientes, luego saca los perros y limpia sus excrementos. Prepara mate para ver facebook, lee los diarios a favor, los en contra, las noticias del rugby y por último el mail. Hacía tiempo había estado a la espera de un mail, era la respuesta para una vacante en un seminario. Por alguna circunstancia de mi subconsciente pase por alto el mail y lo leí cuatro días después, justo sobre el límite para reservar el lugar; esa misma semana también mande por error un whatsapp con un video porno al dueño de la castinera más importante y al cual tuve que pedir disculpas personalmente. ¿Será que ante el éxito inminente me estoy boicoteando? ¿Será que soy el tipo de artista que una vez logrado el reconocimiento se dedica a esconderse? Yo no, yo me imagino contento con mi canje y repaso mentalmente la repartija. Yo soy de los que se aprenden la letra, llega bañado y con un café encima para estar despierto pero no desayunado para aprovechar el catering. El que por consejo de un maestro nunca se lleva mal con las vestuaristas y el que si va al baño le avisa al productor. Vivo al día, compro tiempo. En un momento pensé en el suicidio, fue cuando no trabajaba tan seguido y hacía cosas en gastronomía; por suerte mi pareja me salvo. Mis ahorros estaban en la mitad de su antiguo caudal, y yo solo pensaba en seguir vivo para poder ver el mundial de rugby en Nueva Zelanda 2011. Por eso esa madrugada me permití gritar como un energúmeno cuando terminamos perdiendo después de que Juan Imoff pateara afuera de la cancha un rastrón con la última pelota del partido contra Inglaterra. Me puse a llorar atrás del perchero; eran como las seis y media de la mañana y la que en ese momento era mi nueva novia me calmó trayéndome a la realidad- pareces esos tipos de los que tanto te reis porque lloran en la cancha-. Fue como un sopapo a la dignidad, las lagrimas no solo dejaron de salir sino que se reabsorbieron por el lagrimal, mal actor, pensé, te descubrieron, me dije. Encima tenía una reunión en el laburo con mi jefe, que me había citado a las siete de la mañana. Esa mañana hacía mucho frio y estábamos los tres sentados en silencio abajo de un gazebo que había en el patio; el infeliz de mi jefe, apodado por sus empleados y proveedores como “El Garca”, el otro encargado y yo, que tenía una cara de orto terrible. El Garca y mi compañero me miraban, no entendían el por qué de mi cara. Si era por la hora, por las cagadas que se mandaba mi compañero, o porque el Garca trataba de psicopatearnos todo el tiempo. La cuestión es que yo había tomado la decisión de renunciar al primer comentario fuera de lugar y ya iba por el tercero, así que decidí retirarme del establecimiento. Me levante y dije – ya vengo-, busque mi campera, me pague el día y me fui sin siquiera contestar los llamados que me hicieron cuando atravesé el patio. Ni gire la cabeza para mandarlos a la mierda, solo me fui, observando el vapor que salía de mi boca y jugando a que fumaba. Miré la hora y pensé, en quince minutos empieza Tonga-Francia; tantee en el morral la docena de medialunas que había llegado a cargar y llame a casa para avisar que pusieran el mate.