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sábado, 21 de julio de 2012

La vuelta

El sol va ganando el lobby del cuarto subsuelo con un rebote arquitectónico perfecto de la luz radiante. Me despierto con la sensación agridulce de haber soñado y no recordar qué, lo único que puedo retener es esta vieja canción que rebota en mi cabeza de un hemisferio a otro; me toma unos segundos reconocerla cuando la tarareo: “Star me up”. Es un gesto optimista frente al nuevo día que se eleva. Con Mano-nu nos desperezamos y bostezamos al unísono. Comemos y no escatimamos nada, “está todo pago”, le digo a Mano-nu en voz alta. Si todo sale bien hoy a la noche voy estar en casa, en el pasado. Mi objetivo: el edificio de Carlos Calvo en la Boca. Me ubico. Tomo Paseo Colón y sonrío al verla tan limpia. Mi espalda cada tanto me recuerda el encontronazo de ayer, pero la fórmula en mí poder es un envión anímico que actúa como analgésico. Dominique me la ha dejado grabada en algo similar a un billete de plástico, fino como el papel pero resistente como el PVC. El billete viene enroscado y contenido en un tubito del mismo material. La fórmula: una ecuación de diez caracteres que serán interpretados y descifrados por una computadora en una media hora. El viento cambia, y como cambia el viento, todo cambia. Una brisa fría me pega de frente y mi olor se esparce como el humo de una chimenea a cientos de metros atrás mío. Adelante la presencia humana se materializa otra vez. Montículos de basura, escritorios viejos de metal, sillas de oficinas peladas, percheros. Alguien puso, de una manera eficiente y seguramente en forma de defensa, una muralla alta, de unos tres metros de metal oxidado y filoso, intrepables, que forma una contención de muro a muro atravesando la calle. Mano-nu olisquea tranquilo, mea, y comienza a bordear la muralla, yo camino atrás de él. Y de repente veo una abertura, mi mandíbula va cediendo por su peso natural ante el laberinto que me muestra, es como el de los Cocos, pero de una chatarra que se disemina entre paredes y contra paredes que parecen interminables. Mano-nu me mira sentado, jadeando con la lengua a fuera. Nos aventuramos. En diez minutos estoy completamente perdido. Mano-nu levanta las orejas, escucho el ruido de metal contra metal, algo se mueve del otro lado de la muralla. Me quedo inmóvil. Un silbido bajito, después un flash y el piso que se acerca hacia mi cara. Pip, se me apaga la luz. Veo todo borroso, estoy tumbado y me duelen los hombros, tengo las manos atadas en la espalda, la cabeza me late por el golpe. Me pregunto si estoy soñando, lo que veo parece salido del cuento Alicia en el país de las maravillas. Un tipo, arriba de la montaña de desechos, en cuclillas y con un palo de golf cruzado sobre las rodillas, me mira fijo; tiene unos cincuenta años, cara chupada, pómulos marcados, solo conserva una corona de pelo largo y oscuro que da la imagen de un nido con un solo huevo. Está abrigado con un gamulán con corderito, antiquísimo, que no tiene las mangas; usa las solapas levantadas, botones colmillos y un cinturón negro por fuera; lleva unos pantalones cargo de corderoy verde oliva descolorido y borceguíes plásticos de antaño. Me mira fijo, quieto, en pausa, inclina la cabeza para un lado y canchero escupe, extiende una mano mostrándome algo que no llego a ver. —¿De dónde zacaste ezto? —me pregunta en un castellano ceceoso. No logro entender qué es lo que me muestra. Entonces, sin dejar de mirarme fijo, le da cuerda, cric, cric, cric, y lo activa. Es el mecanismo de cajita de música que tenia la nena congelada de calle Maipú. Se escucha la música que ejecuta la maquinita, es una versión angelical de “Star me up”, ahora entiendo de dónde salió la melodía con la que me desperté hoy. Mi captor tiene en su cinturón el cuchillo blanco mío, al costado veo el resto de mis partencias: la foto, la carta y las fórmulas desechadas; no está la pistola, ni la comida, tampoco Mano-nu está a la vista. —¿De dónde zacaste ezto? ¿Me entendez lo que te quiero dezir? —insiste y vuelve a mostrarme la maquinita. Dos hombres aparecen ahora, son gemelos jóvenes, no más de dieciocho años. Me miran con una expresión de mono con la boca fruncida, diciendo “uh”; ambos tienen ropa deportiva con remiendos sobre remiendos, parecen abrigados con colchas patchwork. Uno de ellos trae a Mano-nu atado con una correa de persiana; el perro no parece resistirse. El otro carga una ballesta. El del palo de golf me mira; achina los ojos, hace un chasquido con la boca y dice: —Yo, zoy el dueño de ezte lugar, ezte ez mi territorio de caza y estoz son miz hijoz: Buda y Pez, eztamoz buzcando a mi hija menor dezde ayer, ezte ez zu juguete, y eze que eztá ahí ez zu perro… Vuelvo y te pregunto ¿Dónde eztá zu dueña? Yo le digo la verdad, que la máquina y el perro estaban junto al cadáver de una nena en Diagonal Norte y Maipú. Se hace entonces un silencio general. Temo por las consecuencias. El padre comienza a cambiar paulatinamente su expresión de un semblante serio a una incipiente carcajada, va achinando los ojos, los muchachos lo imitan por reflejo. Cuando termina de reírse baja del montículo de basura con agilidad, usando los brazos y las piernas coordinadamente. Aún riéndose, con su mano en mi hombro, trata de imitarme haciéndome burla: —Junto a un ¿cabader? ¡Ja, ja, ja! ¿En diagonal norte y maipú? ¡Ja, ja, ja! ¿Qué carajo quiere dezir ezo? La nena. ¿Dónde ezta la nena? —Cuando termina la frase escuchamos un bramido a lo lejos. Todos alerta. Con la mirada para arriba y las manos atrás, dije fuerte y claro: —Puedo llevarlos a donde está. —Fue lo mejor que se me ocurrió para ganar tiempo. El jefe, o dueño, como a sí mismo se nombró, padre de los muchachos y seguro también de la nena muerta, mira preocupado arrugando su gesto, como si estuviese haciendo un esfuerzo para pensar; chasquea con la lengua y escupe al suelo una saliva color marrón oscuro. No me mira, los muchachos tampoco, todos dirigen los ojos por sobre mi persona, hasta Mano-nu tiene las orejas totalmente erguidas, en alerta, oliendo el aire. Parece que soy el único que ignora la peligrosidad del momento. Un nuevo rugido se escucha mucho más cerca. De pronto los muchachos trepan la pared con agilidad en busca de altura. El dueño del lugar, como se presentó, observaba tenso la lontananza haciéndose techito con la mano arriba de los ojos. Ahora chifla largo y agudo, y algún tipo de pájaro, tal es el sonido que escucho, parece que le respondiera; entonces se miran los tres y asienten. Me dejo caer a un lado, con las manos todavía atadas agarro el tubito de plástico con la fórmula, me la escondo en la manga de mi abrigo y me despido en silencio de la foto y demás cosas. Con un movimiento de cabeza, el dueño le señala qué hacer al mellizo que está más cercano a mí. Recibo un collar de perro y un tirón con fuerza para ponerme de pie. —Mañana vamoz a ir a buzcarla, le vamoz a dar una buena leczión. ¡Al refugio, a pazar la noche! Yo me pregunto qué habrá hecho esa criatura. ¿Qué travesura habrá cometido? De lo que sí tengo certeza es que la lección fue durísima. Caminamos veinte minutos por este laberinto de basura, no pienso resistirme, nos dirigimos directo al sur, al edificio de Carlos Calvo. Llegamos y lo que veo lo sobrepasa a todo, osos, palomas o cualquier otra cosa que se me hubiera presentado en este corto viaje. El barrio de monoblocks Catalina Sur es lo único que sobresale, lo único que queda en pie. Las míticas, inmortales, seis torres han sobrevivido, se mantienen erguidas, como una fortaleza, rodeadas por una muralla de unos seis metros de altura hecha de cubiertas de auto. Correa al cuello y con el grupo, atravieso la muralla por un puente, hecho de chapas apoyadas sobre las gomas y unidas por eslabones de metal, es totalmente inestables y desembocan en una abertura de unos ocho metros de ancho con guardias en los extremos. Miran asombrados, el jefe y dueño camina orgulloso. Me hace el city tour: —Eztaz murallaz zon aprueba de ozoz, no ze animan a caminar por arriba, ja, y zi lo intentan por el puente los matamoz y loz comemoz. ¡Ja ja ja! —Los muchachos imitan el gesto de tirar la cabeza para atrás y la carcajada, siguiéndole la corriente, repitiendo el final de la frase del padre: —Los comemos, ja ja. —Demuestran una psiquis muy básica. Pasamos entre los dos primeros edificios y desembocamos en el patio central del complejo habitacional. Comprendo dónde fue a parar todo lo que no se ve en las calles: es un depósito a cielo abierto de cosas viejas e inútiles, autos desguasados, muebles rotos, una vieja máquina de escribir. Todo está cubierto por una capa de papelitos recortados en cuadraditos, algunos blancos, pulcros, y otros sucios y viejos, cubren el piso y los trastos abandonados del inmenso patio, parece nevado. En los dos extremos del patio hay fogatas enormes, arden a base de cualquier cosa que la gente arroje de los balcones. A los costados hay muebles enteros, llantas de camiones, el olor es muy fuerte pero la temperatura es bastante más alta que la de los alrededores. De un tercer piso un tipo con el torso desnudo tira a la hoguera cuatro maniquís de distintas edades y sexo, con pelucas. El plástico de los muñecos primero produce un humo negro áspero, después el humo deja de salir y todo se ilumina en el patio, haciendo proyectar nuestras sombras gigantes contra el edificio a nuestras espaldas. No creo que esta sea la hora pico del patio, todos ya se refugiaron para pasar la noche, hay poca gente dando vuelta, la mayoría parece tener alguna ocupación específica. Se repite en todos la ropa deportiva, remendada, es ropa de fibras sintéticas, muy poco biodegradable supongo, resistentes al tiempo. Al costado, en la base del patio, de un gancho medio oxidado cuelgan tres perros, tienen atravesados las gargantas y el gancho les sale por la boca, son de la misma raza que Mano-nu, con diferentes pelajes, abiertos en canal, sin vísceras, los tres vacíos como pollos, y tiene manchadas las pieles de pelo largo con su propia sangre, han sido carneados para consumo. Hay dos carniceros en cueros, manchados con sangre hasta los codos, que manipulan a estos perros colgados; les arrancan la piel uno por uno, tiran desde la base del cuello para abajo hasta sacarle completamente, y de una sola vez, el cuero; queda entonces al aire la masa muscular roja punzó. Mano-nu me mira angustiado y gime. Caminamos en fila, el dueño, Buda, o Pez, que me lleva con la soga al cuello, el otro tarado más atrás y Mano-nu, que va como paseando. Un pensamiento se cristaliza en mi mente: “no importa los medios por los cuales logre mi objetivo, si lo logro, toda esta gente va a existir en un mejor contexto”. Primero un bombo comienza a sonar y se le van sumando más instrumentos de percusión. Un ritmo lento pero potente, pum pum, pum, parece algún tipo de ritual. Un alarido ahora da comienzo a un canto casi mántrico del que reconozco palabras aisladas: “federal, hermana, botón”, también reconozco palabras en inglés, pero dichas en una fonética local, algo así como “satisfeiyon”. El dueño canta agitando los brazos, hace el gesto de “ahora vas a ver”. Los dos idiotas de sus hijos lo imitan, como en todo. Mi percepción me jugó una mala pasada: por un instante, en mi campo visual entra algo blanco que cae muy despacio, en un bamboleo que es como danza, parece un copo de nieve, pero no, así no se mueven los copos de nieve, es un papelito, son papelitos. Las ventanas y los balcones están ocupados por gentes que cantan, tocan el bombo y tiran papelitos. El dueño gira sobre sus talones, con los brazos extendidos, las palmas de las manos mirando al cielo y agarrando los papelitos que se le van en ellas acumulando. Ahora corre al hijo con un movimiento sobre actuado, y mientras sonríe me mira a los ojos: —¿Me entendéz lo que te quiero decir? —Entrecierra los ojos y mueve la cabeza como el muñequito del león que llevan los taxis. Siete pisos por escalera. Los peldaños parecen haber sido arrancados, caminamos sobre el cemento desvencijado por el subir y bajar. Mano-nu empieza a resistirse y recibe una patada y un fuerte tirón de la correa; vuelve a tironear y recibe dos patadas, esta vez en la cara y en el cuarto trasero, que lo hacen chillar como todo los perros. El grupo se ha detenido gracias al mal comportamiento del animal. El dueño se saca. —¡Falopero! ¿No podéz controlar un perro que no noz va a dar de comer ni doz díaz? ¡Pajero¡ ¿Voz querez venir a cazar ozoz conmigo? Mañana voz no vaz a venir conmigo, te vas a quedar cuidando al enclenque ezte y al animal, que ezpero que para cuando vuelva ya ezté cocinado. ¿Me entendizte lo que te dije? ¡Falopero y pajero! ¿Voz cual de loz doz zoz? —La cara de estúpido que hace el hijo es tremenda, para colmo el hermano se ríe cuando el padre le da la espalda, le hace muecas y señas, un reverendo pelotudo. El que recibe el reto baja la cabeza antes de decir bajito: “Pez”. El padre se acerca y saca de su bolsillo un marcador, se lo lleva a la boca para sacarle el capuchón, escupe la punta y le hace una vistosa marca en la frente gritándole lo más fuerte que puede—: ¡Como que te borréz la marca y te mezcléz, te mato! Continuamos la marcha, el perro renguea.