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jueves, 5 de septiembre de 2013

Rosario siempre estuvo cerca.

Vivo a 320 kilómetros de la ciudad donde nací. Soy Rosarino. Estoy en el barrio de la coqueta Recoleta de la Capital Federal y soy hincha de Central. Ascendimos este año a primera división después de tres tortuosos años en la B. A mitad de cuadra de donde estoy vive uno que es de Ñuls, que hace un mes salió campeón. Gritó como un energúmeno cada gol, cada partido ganado. Y lo putearon de todos los demás cuadros, pero aguantó los trapos. La noche que Ñuls jugó con Vélez en ese inentendible partido entre los campeones del Torneo Apertura y el Clausura, el de Vélez, que vive enfrente, le respondió cada alarido y se armó un concierto de insultos de balcón a balcón fabuloso. La gente de los demás edificios empezó a salir al balcón, alarmada o divertida por el espectáculo. Las puteadas iban, por parte del de Vélez, “come gato”, el otro le respondía “equipo chico, no llenas nunca la cancha”, y terminaron con insultos descalificativos “mongólico, villero, puto” que fue lo que me movilizo. No tuve más remedio que tomar cartas en el asunto. Me bastó un segundo de silencio para tomar aire y gritar lo más fuerte que pude: “¡bajá cagón!”. Se hizo un silencio mortal, y el eco rebotó hasta Parque las Heras. A los pocos días, de pasada, cuando hacía el paseo matutino de Bony, me interceptó el portero paraguayo que siempre me saluda al grito de: “¡Pony Pony!”. Como quien no quiere la cosa, le pregunté sin reparos—¿Acá vive el que grita?—. —See, el del tercero “F”, tuvimos que hacer una reunión de consorcio para que pare un poco, nos tenía locos. Vino la mamá, desde el interior, para que bajara un cambio. Me dio información precisa, más de lo que necesitaba. Como premio levanté el perrito para que lo acariciara y seguí. Me fui pensando en hacer algo. En la semana siguiente veía la final de la copa libertadores, Ñuls había perdido la semifinal ante el Mineiro. Decidido agarré a Bony, le puse el pulóver y bajé. Llegué hasta el edificio del energúmeno. Le toqué tres timbres cortitos —¿Quién es? —se escuchó, y yo reconocí su voz nasal. —Pecho, ¿estés viendo el partido? —le susurre al oído. Pensé que salía por el portero eléctrico. —¡La concha de tu madre! —el grito se escuchó tanto por el aparato como por la ventana. Después un carretel interminable de insultos mechados con reflexiones que hablaban de cantidades de asientos en los estadios, datos históricos y hasta me pareció escuchar el nombre de Luis Miguel. Me fui bailando como Fred Astaire, cuando salta y pega con los dos tacos en alguna película de Hollywood. De fondo claramente se escuchaban algunos vecinos ya hartos que salían a putearlo como un deporte, y yo con la satisfacción del deber cumplido di la vuelta a la manzana, por si la cosa se salían de control y le quería hacer algo al perrito.