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martes, 29 de noviembre de 2011

La evolución (segundo tramo)

El sol se esta elevando y hace un día radiante, aun así la avenida Roque Saenz Peña es lúgubre, me pregunto las veces que habré caminado por esta calle pidiendo un poco de silencio, ahora es abrumador, opresivo, y en la sombra hace mucho frío.
Las vidrieras de los negocios ya no existen, no quedan vestigios ni de sus vidrios ni de la mercadería que antes ofreció, ni muebles, no queda nada, pero nada, limpio; me asomo a lo que no hace mucho tiempo en mi cabeza fue un habitual café, y nada, no hay sillas ni cafetera ni heladeras, solo los espacios inútiles y vacíos; el piso tiene una fina pátina de hielo y mantiene la temperatura de una cámara frigorífica, no me animo a entrar, está oscuro, es el hábitat ideal de estos osos polares merodeadores, estoy atento a lo que me rodea, como si algo pudiera materializarse adelante mío.
La calle esta limpia, igual a los domingos temprano, no hay autos, ni papeles, todo limpio. Mi mente sigue siendo como un cubo mágico tratándose de rearmar.

Los palomos se mueven a sus anchas, van y vienen por las cornisas, como gárgolas móviles, cada paso que dan, parte de un empujoncito que hacen con la cabeza; son gigantes, tienen el tamaño de un pavo, el pico parece filoso, y las garras son del tamaño de mi mano.
Son el único vestigio de vida a mi alrededor, estos pájaros inmundos, que detesto desde mi más tierna infancia, son como las urracas de los dibujitos, están por todos lados.
Están por todos lados.
Un pájaro que no veo aletea detrás mío y me asusta; cruza volando pesadamente la calle, de edificio a edificio, me pasa cerca, la masa de aire que mueve al aletear me pega desde arriba como un baño de aire frío que entra por el cuello de la campera, escondo mi cabeza entre mi hombros y me agacho en un solo movimiento, se me contractura instantáneamente el cuello.
Se disputan el espacio entre ellos , se picotean, son torpes y promiscuos, cagan por todos lados, hay mierda que chorrea congelada como estalactitas; todos los bordes donde hay un lugar donde posarse tiene su guirnalda de excremento color ladrillo, sangre digerida supongo, la nieve acumulada bajo esta ciudad vertical parece mármol de carrara colorado.
Todos me siguen con la mirada, siento que estoy adentro de la inmensa jaula de carroñeros del zoológico pero multiplicado por diez. Me pregunto si no me atacaran todos a la vez.
Definitivamente no me tienen miedo, llamo su atención pero nada mas, yo esperaba pánico general, vuelo en círculos y una pasada al ras, como en la plaza, pero nada; incluso cuando grito con toda mi fuerza, agitando la barrilla de acero con punta de lanza que arranqué del corralito del obeslico para defenderme, se detienen un instante, me miran sin parpadear pero como asombrados. Atrás queda viajando el eco de mi grito que corre por la diagonal norte hasta perderse en la plaza de mayo a lo lejos.

La pequeña cuadra de Maipú me sorprende con una situación diferente: un pedazo gigante de mampostería decora la mitad de la calle, tiene la forma un paquete de pan lactal y el tamaño de una camioneta volkswagen sobre la que se recortan las figuras de varios pájaros. Van y vienen como los patitos en fila de los juegos de las ferias, me dan la espalda ignorándome por completo, hacen un ruido gutural con el buche y siguen, en su merodeo incesante y sin sentido, a donde por oscuras razones se ven irresistiblemente atraídos. Algo les llama poderosamente la atención, los que están en las cornisas observan, también hipnotizados, algo de lo que no pueden sacar la mirada. Hay palomos por doquier, algunos aletean y amagan arrojándose al vacío, pero no llegan a tocar el suelo y se elevan con esfuerzo; cuando esto ocurre las demás se quedan congelados, como si alguien les gritara “en sus marcas, listos…”. El habiente y el arrullo constante me recuerda a un estadio que solía frecuentar.
Me acerco por la sombra, pegado a la pared, y mis ropas me ocultan perfectamente, la nieve aplaca el sonido de mis pasos, igual los palomos están completamente abstraídos.
Me doy un gusto y le meto un fierrazo en el lomo al que tengo más cerca, lo dejo fuera de combate y cae hacia el otro lado del bloque. Ahora sí vuelan todos entrados en pánico, haciendo un rodeo y entonces vuelven pasándome cerca —espero que no me caguen— con un batir de alas ruidoso que ahora se aleja y da lugar al silencio nuevamente, pero no del todo, porque escucho un sonido extraño al otro lado del muro, un combate con gruñidos, ruido de las garras contra el suelo congelado.
Subo al bloque y al observar, lo que veo me deja atónito y cambia el paradigma de mi viaje. La presencia humana.
Del otro lado del bloque asoma el cuerpo sin vida de una nena de unos diez años, acostada boca arriba, que no tiene signos de violencia o trauma. Lleva puesta una campera Adidas con el escudo de la AFA, muy vieja y remendada. Está congelada, en su mano cerrada y rígida sostiene la correa de una persiana vieja con la que sujeta a un perro que, sorprendido, me mira; inclina la cabeza y quedamos frente a frente. El cráneo del animal, entre oreja y oreja, es casi plano y ostenta un perfil convexo, tiene la cara de conejo de un bull terrier, ojos pequeños que refuerzan su expresividad y orejas grandes como los de un zorro. La piel es igual a la de una cebra pero con pelo más largo, de aspecto fuerte y musculoso. Lame la cara del cadáver, lanza gemidos de angustia y de pronto muerde el pajarón muerto a su lado y lo sacude con bronca como una marioneta. Cuando le parece suficiente castigo, baja la presa, le apoya las dos patas delanteras encima y me dedica un aullido, no ladra, unas plumas salen volando de su boca, nuevamente agarra el amasijo de plumas, me da la espalda y se abstrae otra vez en su venganza personal con el palomón, es evidente que nadie me tiene miedo en este lugar.
Aprovecho su distracción y con un golpe seco hago trizas la muñeca congelada de la nenita, que se rompe como si fuera de cristal. El animal siente el afloje de la correa en el cuello, levanta la vista y me mira por sobre su hombro. Intenta lamer la mano desprendida del brazo que gira como un trompo separada del cuerpo de una forma desubicada y antinatural. Solo una franja en la mejilla de ese rostro inmóvil se mantiene brillante y sin restos de nieve ni hielo, el perro lame la mejilla de su antigua ama mirándola fija, como si tuviera un trastorno compulsivo obsesivo, va y viene. Después se acerca al pájaro muerto, lo orina y se va al trote sin mirar atrás.
El cuerpo de ella está intacto, la cara tiene una expresión tranquila, los ojos abiertos como dos bolones vidriosos miran traslúcido el infinito azulado y de su boca semiabierta se asoman dos paletas enromes; el resto de la cara congelada tiene el color amarillento y pálido característico, es un cadáver fresco, no tiene más de un día ahí, es impresionante.
No puedo dejar de pensar en mi hija en un estado similar si no logro completar esta misión autoimpuesta. Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no dejarme invadir por esta sensación.
Busco cosas anormales, aparte de todo en general: es ropa contemporánea, reconozco fibra sintética, las botas de confección rústica están perfectamente adaptadas. En el bolsillo, tiene un artículo de tecnología, es un mecanismo de cajita de música, lo reconozco al instante, el rodillo de metal con cabitos que sobresalen, el peine con las notas musicales y el mecanismo de cuerda.
Antes de irme, me ayudo con la barreta para arrancar pedazos de escombros para cubrir el cuerpo sin vida y alejarla de los carroñeros que seguro volverán. Retomo la diagonal para almorzar al sol en la plaza de mayo como un oficinista más. No queda nada, el cabildo está volcado hacia delante, como si alguien lo hubiera empujado desde atrás. No queda ni un árbol, ni monumento, la casa rosada simplemente no está, se fue, desapareció, la catedral semiderruida parece el Partenón de Grecia. Solo queda un banco de piedra en pie, intacto, que asevera que ahí hubo una plaza.
Me siento a comer, mastico treinta y tres veces cada bocado, le saco jugo, pienso, analizo. Meto la mano en mi bolsillo y saco el mecanismo musical, es rudimentario pero efectivo, le doy cuerda y funciona perfectamente, las dos primeras notas son notas inconexas, pero luego el rollo comienza desde cero y la melodía capta mi intención. ¿Qué es? Conozco a la perfección esta canción de cuna, pero no logro descifrar que canción es, en mi memoria siguen habiendo cabos sueltos.
De lejos lo veo llegar al trotecito, como si nos conociéramos de toda la vida. No tiene una actitud agresiva, solo apoya su cuarto trasero en el suelo y me mira. Como lo ignoro y sigo comiendo se recuesta y mira para otro lado, tiene un collar y una medallita distintiva. Cuando intento acariciarlo se corre y me mira mientras mastico, con la lengua afuera y los ojos fijos en mi mano. El último bocado se lo tiro y lo atrapa en el aire, lo mastica un poco y traga, después se refriega contra mi pierna, yo lo acaricio con firmeza y tomo confianza hasta que me deja manipular el collar, quiero leer lo que dice en la medalla, está grabada a golpes y dice: “Mano nu”.
De repente y sin motivo aparente, algo le llama la atención porque gira su cuerpo ciento ochenta grados empujando mi pierna, y sale corriendo a toda velocidad para diagonal norte. Lo veo perderse al pasar por al lado del cabildo derrumbado.
Habiendo concluido el brunch retomo mi camino y observo en qué condiciones se encuentra el tramo de Balcarce, voy a tomar este camino que me deja a cinco cuadras de mi objetivo.
Balcarce esta silencioso, más de lo mismo, la calle limpia, no parece haber obstáculos.
Abandono la plaza.
Un aullido a mi espalda me hace girar la cabeza, es Mano nu que se dirige a toda velocidad hacia mí, atravesando la plaza como alma que lleva el diablo. El silencio antes de la tormenta se rompe; un bramido que suena fuerte como un trueno y que el efecto sonoro del rebote de los edificios de la diagonal hacen llegar hasta mi multiplicado.
Un oso blanco llega trotando, se para en dos patas y lanza otra advertencia mortal, Mano nu baja la cabeza y acelera en mi dirección, está huyendo por su vida; estamos.
Estoy a cinco cuadras de mi objetivo, voy a romper el record de velocidad de mi vida, Mano nu se empareja a mi lado, baja la velocidad para mantener la dupla.
Cruzamos Avenida Belgrano y miro sobre mi hombro para saber nuestra situación, estamos solos; pero el perro no para, yo tampoco. Próxima parada el Inti a una cuadra y media.

martes, 8 de noviembre de 2011

Oscuridad (Primer tramo)

Oscuridad.
Aturdido, abro los ojos. Siento la cabeza algo rígida, como si no pudiera mover el cuello; me mareo y con el mareo me viene un vértigo de angustia. Sacudo la cabeza y mi cuello responde con un crujido que resuena en mi cerebro, doy unos pasos inestables y entonces le presto atención un poco a todo lo que me rodea.
Está atardeciendo.
Me reconozco en la plaza San martín, la parte más alejada, tengo la estatua a mis espaldas, los árboles parecen muertos hace tiempo y el silencio es total, el viento irrumpe en mis oídos ululando como primer sonido; los edificios que me rodean están en ruinas, las ventanas son cuadrados negros como los ojos de una calavera, algunos todavía tienen vidrios rotos que parecen colmillos; una cortina vieja flamea fantasmal, lo que me rodea no es más que un ciudad abandonada.
Está anocheciendo, hace mucho frío y está comenzando a nevar; los copos flotan en el aire, una brisa hace que me peguen en la cara y entrecierro los ojos.
Sin embargo, el reloj de los ingleses con el atardecer naranja y violáceo de fondo, es una imagen maravillosa. Me invaden una incierta sensación de desasosiego que se entrecruza con la calma plomiza de vacío y de tristeza. Me pregunto si no estaré soñando.
El frío en la cara me trae otra vez y tomo conciencia de que no sé qué pasa. Tengo el cuerpo en tensión y en la mano tengo apretada una nota que parece haber sido arrancada de un cuaderno con espiral hace un segundos. La leo, reconozco mi letra y ni siquiera sé quien soy:
“No tenemos mucho tiempo. Estás en el futuro, el viaje deja secuelas, la memoria volverá paulatinamente.
Reconocé el ambiente, tené en cuenta si notas algún cambio climático fuerte, CUIDADO CON LA FAUNA LOCAL, buscá un refugio alto para pasar la noche. Para calentarte están los fósforos que tenés en el bolsillo derecho de la campera, también llevás en la cintura un cuchillo con hoja de cerámica. Dirigite al instituto Inti. en Venezuela y Paseo Colon, corré.”.
A lo lejos escucho un rugido terrible, instintivamente comienzo a trotar, subiendo por una calle, el chirrido de metal contra metal, me llama la atención, levanto la vista y reconozco la fuente, hay un antiguo cartel, colgando de una sola bisagra, parece todo el tiempo apunto de caerse, leo, no sin esfuerzo, la chapa esta corroída, despintada, apenas sostenida por un caño retorcido que parece haber sido doblado por un gigante, algo me resulta familiar, unas letras raspadas dicen: “Santa Fe”. Se me acomoda un nuevo horizonte en esta nueva realidad, es como si mi memoria comenzara a funcionar de a poco, inflándose, regenerándose, uniendo estímulos conocidos.
Al llegar a la avenida nueve de julio tengo la certeza de cómo se llama, de haberla visto transitada. Iluminada por los últimos rayos del sol de este extraño invierno, se me arma una foto post apocalíptica que debo haber visto mil veces en películas, todo parece un set de filmación, casi falso. Está todo destruido, es “la tierra sin humanos, 20 años después”.
A mi cerebro comienza a llegar información que ahora me abruma; la oscuridad es emocional e interna, no encuentro razones para preguntarme cuál es mi nombre. ¿Por qué no me pregunto? ¿Qué estoy haciendo acá?
A lo lejos, el alto prisma amarillento refleja los últimos (literalmente hablando) rayos de sol; chorreado en medio de la avenida me llama, como si fuese la aguja de una brújula, se mantiene estoico. Lo tomo como punto de referencia, y troto.

Tengo un ritmo lento pero firme, con técnica, el cuerpo recuerda. En mi cabeza caen imágenes como fichas que me envuelven, me toman y me abstraen, porque ahora estoy precalentando; en grupo, nos pasamos la pelota de mano en mano, hace frío, hay un montón de camisetas de colores, carcajadas, alguien me agarra de la camiseta le tiro un codazo y nos reímos, adelante hay un gordito que corre haciéndose el maricón, ahora todos nos volvemos a reír al unísono y cuando nos detenemos, un manto de vapor que sale de nuestros cuerpos nos envuelve, ese vapor se hace denso, tanto hasta que no puedo ver nada, entonces sigo trotando, lo atravieso y después de eso estoy de nuevo en la calle; el ruido que hago al trotar rebota en el silencio inactivo y sepulcral de los escombros. Es extraño lo que acaba de pasarme, extraño pero no inquietante, ¿natural?, estuve unos segundos en otro lado, en otra realidad.
Las ideas se me están acomodando de a poco. ¿Vapor, o humo?, es humo, lo huelo, pero no veo señales del fuego.
La noche ahora es total, limpia y clara, con una gran luna llena. Estoy seguro de haber elegido yo mismo la fase lunar, como un iluminador natural, siento un cosquilleo de adrenalina que me pone feliz
A mí alrededor todo esta oscuro; es amenazante.
Parado solo en la mitad de esta olímpica avenida me pregunto si no estaré siendo observado en este momento. Sé que algo no anda bien.
Un rugido brutal me corre de mis pensamientos, recuerdo mi propia recomendación; parado, recorro en forma ascendente con la mirada el obelisco, vuelvo a la base, la puerta está cerrada, pero en muy mal estado, la rompo y entro; espero que sea lo suficientemente alto, son 206 seis escalones, a mano y pierna.
Cerrando la puerta que tiene en el suelo, este altillo me permite improvisar un refugio. Por la ventana al oeste, donde bajó el sol hace unos instantes, se dibuja el perfil de una ciudad empenumbrada y pétrea que me fascina y calma.
Busco leña de unos árboles viejísimos; en la noche franca la temperatura es glacial.
Con mi propio fuego, las posibilidades de sobrevida aumentan, al resguardo del frío y las alimañas.
A la luz del fuego presto atención a mis botas, son buenas botas; también chequeo el resto del equipo, palpo en mi cadera izquierda; tomo el mango y saco el cuchillo; haciendo un movimiento circular frente a mis ojo, el “kukri”, es una herramienta exquisita, me sorprende lo equilibrado que es, a pesar de que es un arma de mediano tamaño y hoja gruesa, es liviano; el mango negro de vaquelita hace un juego de ying yang con la tradicional hoja del cuchillo, con la diferencia no menor de esta es de cerámica, blanca como la leche mas pura, no hay una sola gota de metal en este artefacto.
Mi estomago hace un rugido casi tan fuerte como el que oí hace un rato, me pregunto ¿qué clase de animal será?.
Tengo un hambre artero, y me maldigo por no haber puesto algo de comer en mis bolsillos; me ilumino y frenéticamente busco en la cara interna de la campera, en un pequeño pliegue que se abre con un cierre de plástico. Al meter la mano toco dos porciones de algo del tamaño de una barra de cereal pero mucho mas sólido, envuelto en papel manteca; es carne, procesada, el sabor es delicioso, salado, siento como la energía me vuelve, es hipercalórico, siento que me ayuda a pensar con mas claridad. Al guardar la segunda ración, distingo al tacto dentro del bolsillo el crujir de una foto.
Instantáneamente después de focalizar, las imágenes comienzan a chocar adentro de mi mente, con mis ojos aún abiertos.
Antes de apagar la luz la beso, duerme, hace un simpático ronquido, tiene los pocos pelos que le quedan despeinados, parece un pichón desplumado, igual es hermosa, tiene los ojos de la mama.
Me despierto sobresaltado; está amaneciendo, los primeros rayos de sol ya modifican la temperatura, desde la ventanita en la punta del obelisco que da al río contemplo una mañana clara y fría.
Está todo nevado y en ruinas.
Desde la ventana opuesta, la esquina de calle corrientes tiene un enorme cartel de Cocacola caído en forma de abanico, que llega hasta la calle, no parece haber presencia humana, por lo menos actual.
Parados sobre la parte más alta de los techos y en las viejas antenas en desuso, como crucificados, abren las alas al sol para calentarse una veintena pájaros, son grandes como del tamaño de un cóndor, hablan entre sí con unos chirridos inmundos, creo que ese fue el ruido que me despertó.
Con total naturalidad entra en mi campo visual un oso polar que llega caminando por 9 de Julio, es como el del zoológico, gigante, pero suelto, se detiene, se para en dos patas, parece olisquear algo en el aire, ruge fuerte, y cruza al trotecito hacia Diagonal Norte. Me doy cuenta que tengo la boca abierta del asombro, por que el frío me llega hasta los pulmones.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

“Lo de Vadala”

Era enero. Tenía un colchón de goma espuma sobre la alfombra, el forro de tela sintética irritaba mi espalda transpirada.
Con los últimos soles de la tarde y el ventilador de techo a full, miraba en el televisor a un imitador de la Mona Jiménez. Medio bajoneado porque era sábado y al día siguiente trabajaba desde temprano, decidí inmolarme fumándome unas tucas que milagrosamente había encontrado…Dios aprieta pero no ahorca.
Arme un cigarrillo que adentro tenía una serie de tucas en hilera, era un porro deforme teñido por la resina del quemado, parecía un pescado muerto.
-Esto no pega-.
El zapping era terrible, tres canales…calor.
-Me voy hacer un homenaje-. Fui a comprar un sanguche de vacío y una cerveza, ¡a lo grande!
Cuando caminaba para el restaurante parrilla “Lo de Vadala” empecé a pensar seriamente en jugar al quini y ganar.
Pensaba en como festejaría con mis amigos; una cena tipo banquete: patas de jabalí como las de Asterix y Obelix, mesas dulces, chicas, si era necesario pagas (claro que sin decir nada). Incluso pensé en hacerles una joda y que dos de ellas se maten.
Me sorprendió que me atendiera “Vadala” en persona. Normalmente te daba el vuelto y te despedía con un “recomendamos”.
Le había faltado el parrillero, así que en cueros (nivel peludo: oso) con un delantal medio mugre, y con una gorrita blanca para la higiene, me hizo el sanguche mas grotesco que vi en mi vida, gigante, generoso, le había puesto como medio kilo de carne. Me ofreció salsa criolla dándome el chimichurri, no tenia ni idea de lo que estaba haciendo, estaba nervioso, me di cuenta por como transpiraba.
Cuando me dijo el precio note que hacia mucho tiempo que tenía las manos en tensión; en la mano izquierda estaba apretando las llaves, deje lo que tenia en la otra mano sobre el mostrador, saque la billetera del bolsillo y pague. Guarde el vuelto, agarre la bolsita camiseta blanca con el medio kilo de carne entre dos panes mal cortados, y arranque para irme, pero antes de llegar a manotear el pomo de la puerta, Vadala me chista y me dice -Pibe, te olvidas el control remoto-.

lunes, 29 de agosto de 2011

La casa de la calle Tomkinson


Nilda mi señora ya es una mujer mayor, el año pasado habíamos estado muy mal económicamente y decidimos vender la casa para saldar unas deudas.
Para ella había sido devastador, todo el tiempo sentía que se moría, le dolía el pecho y lloraba, estaba muy deprimida.
Cada vez que venia alguien a ver la casa, limpiaba todo y me decía que le gustaba todo lustrado, como un mausoleo el primer día.
También se angustiaba mucho si algún interesado que traía la inmobiliaria le hacia notar una mancha de humedad o una canilla que goteaba, se sentía que había fallado como heredera.
Mil veces me había contado la historia de su papa que había quedado huérfano a los nueve años y que había vivido con sus hermanas, a las cuales les juraba amor eterno aun de grande, a mi ella me partía el alma.
Los de la inmobiliaria por error habían publicado el teléfono de la casa, y Nilda se la pasaba contestando preguntas que absorbía como puñalada una tras otra, pero insistía en contestar, el timbre del teléfono sonaba todo el tiempo.
Lloraba todas las noches.
Un día, me dijo que sentía que se había casado con un “poco hombre”. Después me pidió perdón, se puso a llorar y se durmió. Y yo me callaba.
Yo estaba dieciséis horas por día, arriba del taxi y me fumaba un atado de cuarentitres setenta por día, sentía que estaba agotado, que el final estaba cerca.
Al final la casa no la vendimos.
Máximo mi único hijo, que se había separado de mi nuera hacia poco, no había quedado bien, ahora estaba yendo a una iglesia evangélica, y en un arrebato de delirio místico se había jugado la casa en el casino de Mar del plata.
Y…había ganado. Cuando volvió en si y tomo real conciencia de lo que hubiera pasado si la perdía, se quedo en la cama un mes.
En el tiempo en que estuvo a la venta, en el barrio se decía que teníamos que vender por pobres, incluso el rumor había sido tan fuerte que habían intentado estafarnos unos inescrupulosos.
Fue un placer personal dejar deslizar la noticia, de que no vendíamos mientras jugaba alas cartas en el club.
Digamos que prendí la mecha, cuando mis tres compañeros de truco les contaran a sus mujeres la noticia, el resto se haría solo, incluso me sentí más popular, todos querían jugar conmigo para saber de donde había sacado la plata. Me transforme en un gran mentiroso, me sentía mas perspicaz, rejuvenecido, con una seguridad que nunca había sentido en mi vida, viril, un macho otra vez.
Eran días tan formidables… que a mis 60 años me hubiera agarrado a trompadas con el barba de pura euforia, la suerte de mi hijo me otorgaba la razón.
Pero este llamado once meses después, me dejo en terapia intensiva en cardio.
Ya hacia unos días que venia llamando este individuo, justo en horarios que yo no estaba, parecía que lo hacia apropósito, y cada vez que yo llegaba Nilda lloraba retorciendo un repasador y me lo contaba como quien cuenta una pesadilla.Hasta que lo atendí.

Para mejor comprensión de este texto se invita a escuchar la conversación telefónica.
http://www.youtube.com/watch?v=qnpz36AR30M

martes, 16 de agosto de 2011

Las tres flores de la costa

Tercera semana sin porro.
Lamento mucho que no me crezcan mas rápido las uñas.
Paseo a mi perro por el parque, aburrido, con una cara de orto importante.
Hoy parece ser que no tiene ganas de hacerme caso alguno. A veces paseamos erráticamente, otras el perro se dirige a un lugar especifico. Como lo sigo con la mirada todo el tiempo un día me encontré un reloj y otra vez cincuenta pesos.
Al pasar por detrás de un banco donde había tres morochonas charlando, sentí el tufillo conocido y muy querido olor a caño.
Dirigí al perro para pasar por delante, así cuando dijeran –Ay que lindo!!!-les manguearía una seca.
El se detuvo delante de las tres chicas y las miro con los ojos desorbitados, paro las orejas y levanto la patita de adelante.
Al verlas me di cuenta que las chicas eran travestis que charlando placidamente se pasaban un charuto de marihuana.
-Ay, que lindo!- dijeron en coro, con ese típico cacareo que utilizan los travestis para hablar (¿alguien les habrá dicho que es mas femenino?), también es casi un graznido.
Bue, tome coraje y seguí adelante con el plan, y entre un como se llaman y que se yo me sume a la ronda. Había algo de relajo que me dio valor. Incluso sus voces comenzaron a relajarse y perder su falsedad impostada.
Cada uno aportaba su experiencia, era como si esa mascara de reviente y barbas mal afeitadas tuviera un propósito, como una moda, un estilo, una tribu urbana con una elección sexual diferente, acá no había ni un resto de marginalidad.
Por momentos pensé que se trataba de tres chicos bien de Recoleta que como no sabían muy bien que hacer con sus vidas se habían puesto un tapado de piel de la abuela, un poco de rimel de la mucama y se habían mandado a la plaza.
Yeni era de Moreno, casi desfigurada por las cirugías plásticas, no se si mal hechas o con materiales baratos, pero la cuestión es que parecía que tenia puesta una mascara de lo tirante que tenia el rostro. Yo creo que si se le soltaban los puntos de la nuca, a duras penas la piel le cubriría la nariz.
- A mi había uno que me gritaba puto en el barrio, un día que lo vi venir en bicicleta me le pare de guantes al Chacón y le dije ”loco déjate de joder porque mira que yo soy puto de la cintura para abajo, de la cintura para arriba te voy a cagar a trompadas”. Lo termine arrebatando.
Secundina era santiagueño, con rasgos indígenas muy marcados, menudito, como sin desarrollar, andrógino, con pelo lacio negro azabache. Sus ojos eran achinados, pómulos muy marcados, trompudo de silicona, y también tenia prótesis en las nalgas.
Cada tanto cantaba una cancioncita a la que le había cambiado la letra, -y decía-“cuando volví de santiago… todo el camino petie”.
Era el más ordinario de los tres, complejo de inferioridad por negro, por puto, por indio, por drogadicto; también tenía un cuchillo en la cartera.
-Mi mama me vestía con ropa de mujer cuando yo era chica- me dijo de la nada, -yo no se si hubiera querido ser así.- me dijo mientras dirigía su mirada hacia abajo en una actuación exagerada, tratando de dar lastima.
-Éramos muy pobres, para los actos del colegio mi mama me hacia polleras de papel crepe, y después me las hacia usar unos días mas para estar de entrecasa, yo soñaba que se largaba a llover y que el papel se mojaba y se me iba cayendo de a pedazos y cuando quedaba totalmente desnudo la gente se daba cuenta que era un varón, “por la pinchila vistes”- mientras las otras dos como un coro de cuervos se burlaban.
Yo no entendía nada. Le pregunte por que la madre le había puesto ese nombre. Disfrutando su momento de atención, dejo un silencio para darse más importancia y me desarrollo brevemente su historia.
Antes de nacer había tenido un par de hermanos gemelos más grandes, un varón y una nena, la nena había muerto de mal de chagas
El/ella había nacido al poquito tiempo después y la madre le habría impuesto la personalidad de la muertita.
Malena estaba en corpiños (hacia frío) se reía a carcajadas de Secundina y la provocaba. “Mmm... al que nace maricon es justo que se lo garchen”.
Estaba muy dura, mientras hablaba gesticulaba y repetía un gesto metódicamente, como un perro que da vuelta antes de irse a dormir. Se acomodaba el flequillo, se tocaba la nariz y se miraba los dedos, y volvía a empezar se arreglaba el flequillo; la nariz, dedos. También se le hacia una pastita blanca en la comisura de la boca.
Mientras los otros hablaban Malena metía comentarios durísimos en un tono bajito pero audible, como si la otra persona no estuviera ahí para poder oirlos, como si se les escapara del cerebro a la boca directo. Después se reía a los gritos.
Pasaba de hablar de tu a vos, no termine de entender nunca si era paraguayo o estaba intentando imitar a Carmen Miranda, -“tu tenes que cuidar mucho a este ser”, dijo señalando con una garra pintada de rojo al perrito que se escondió atrás mío.
Cuando me toco hablar a mi, de corazón y sinceramente les expuse una duda que tenia, les comenté que tenia amigos que recurrían a travestis frecuentemente. Y que me tenía un tanto preocupado, no por su hobby sino por su indefinición sexual ante la vida.
Casados, con hijos, me preguntaba si serian felices, si no preferirían compartir sus vidas con gente de sus mismos sexos.
Malena se burlo a los gritos llevando la cabeza para atrás “pero que valor…, no señor, no es así la cosa, por que ellos vienen… te suben al auto….se la chupo, que pin que pan, me garpan, y se van. Lo que te hace puto es el vinculo, cuando vos te vinculas con la otra persona de tu mismo sexo, cuando la aceptas como lo que es, eso es ser gay (fonético)”.
Yo quede boquiabierto con el faso pegado al labio de abajo asombradísimo ante semejante reflexión.
Uno nunca sabe de qué cabeza puede salir una gran verdad.

lunes, 18 de julio de 2011

ANGEL GONZÁLEZ

Cuando estoy en Madrid,
las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las noches.
La luz no las anima a salir de sus escondrijos,
y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por mi dormitorio,
lugar hacia el que
—por oscuras razones—,
se sienten irresistiblemente atraídas.
Ahora hablan de presentar un escrito de queja al presidente de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?;
estas cucarachas no leen los periódicos.

Lo que a ellas les gusta que yo me emborrache
y baile tangos hasta la madrugada,
para así practicar sin riesgo alguno
su merodeo incesante y sin sentido, a ciegas
por las anchas baldosas de mi alcoba.

A veces las complazco,
no porque tenga en cuenta sus deseos,
sino porque me siento irresistiblemente atraído,
por oscuras razones,
hacia ciertos lugares muy mal iluminados
en los que me demoro sin plan preconcebido
hasta que el sol naciente anuncia un nuevo día.

Ya de regreso en casa,
cuando me cruzo por el pasillo con sus pequeños cuerpos que se evaden
con torpeza y con miedo
hacia las grietas sombrías donde moran,
les deseo buenas noches a destiempo
—pero de corazón, sinceramente—,
reconociendo en mí su incertidumbre,
su inoportunidad,
su fotofobia,
y otras muchas tendencias y actitudes
que —lamento decirlo—
hablan poco a favor de esos ortópteros

miércoles, 13 de julio de 2011

Viernes otra vez

Mi abuela tenia video, en rosario a mis 12 años no era algo tan común, así que todos los viernes después del colegio me alquilaba una peli en el video que estaba debajo de mi casa y me iba para allá con la excusa de visitarla .Mi abuela vivía con mi tía, mi tío y mis tres primos.
Entonces los viernes caía a la tarde, a una casa que tenia espacios reducidos.
Mi abuela se asombraba de mi capacidad para mirar televisión (también tenia cable).
Todos intentaban continuar su vida normal conmigo por ahí. A veces bañábamos a la perra, por momentos quedaba un poco en el medio de los muebles y de los quehaceres de cada uno, y como yo parecía no interpretar me mandaban a comprar algo.
Una tarde agarre la bicicross de mi primo (bastante más chico que yo en tamaño) para ir a comprar pan. En realidad creo que me mandaron a comprar el pan y puse la condición de ir en la bici, casualmente nueva y flamante.
Durante las cuatro cuadras de ida, las willis y el viento en la cara me hicieron tomar una seguridad algo peligrosa. A la vuelta, la bolsa y las ojotas se pusieron de acuerdo para hacerme perder el equilibrio y en uno de los saltos me enganche el dedo gordo vaya a saber con que mierda.
De la uña para abajo, me había arrancado toda la piel, como si me hubiera sacado un capuchón, brotaba sangre, de la cual creo haber dejado rastro.
Cuando llegue, antes de entrar limpie el pedal, no por miedo al reto sino porque pensé “ya que soy un boludo, no le puedo dejar manchada la bici nueva a mi primo”.
La recepción no fue agradable, mi tía ya a esa altura tenía las pelotas llenas y encima yo caía con un dedo casi arrancado. Casi me mata, bah, en realidad debe haber pegado un grito; yo creo que me puse a llorar.
Me llevo a la bañera donde me curo y me vendo.Luego vino mi tío, cenamos y vimos la película que había alquilado, un tanto subida de tono, creo que decían unas obscenidades.
Esa noche mirando la tele del living, acostado en el catre que me armaba mí abuela para dormir, empecé a sentir un ruido en la puerta que daba a la calle, una puerta que tenía dos cuadrados grandes de vidrio esmerilado con rejas, uno arriba y otro abajo.
Un ruido, que al mirar a través del vidrio se transformo en una persona en cuclillas tratando de abrir el ventanujo de abajo.
La reputa madre que los parió, quieren robar… el miedo me inmovilizaba, pero rengueando me fui hasta la habitación de mi tía.
Antes de llamar cobardemente supuse que luego de esto mi familia paterna me solicitaría amablemente que por favor dejara de frecuentarla.
En voz muy baja empecé- Tía… tía… por suerte no estaban durmiendo todavía – ¿que pasa? – me dijo riéndose vaya uno a saber de que -veni que hay alguien en la puerta tratando de abrirla…-. Mi tío ni se levanto y mi tía riéndose mas fuerte (por suerte), vino a ver que pasaba, mas por curiosidad que otra cosa.
Cuando llegamos a la puerta el intruso seguía ahí forcejeando con algo en la base de la puerta, mi tía se acerco y cuando estuvo bien cerca abrió la ventana de golpe.
Yo no salía de mi asombro por dos cosas, su valentía y mi cobardía. Con el ventanujo abierto totalmente, y yo atrás de ella a un metro a punto de salir corriendo, vimos a una amiga de mi prima que del susto también había quedado sentada de culo en el suelo, con una nota en la mano que hacia quince minutos que estaba tratando de meter por debajo de la puerta.
Pasaba con sus padres en el auto y había insistido en dejar una nota su mejor amiga aduciendo cosas escolares.
Recibimos la carta, y la leímos, era una suerte de nota de una preadolescente a otra con un chisme de un compañero del colegio. Le contaba que el facha había ido con un arito al colegio y la maestra se lo había hecho sacar, para descubrir que era un ganchito de metal de esos que se usaban para agarrar las medias. Fin de la importantísima nota.
Desde el living se escuchaban los ronquidos de mi tío, y mientras mi tía se iba a acostar todavía riendo, me dijo “apaga la tele y dormí”.
En la oscuridad pensé en espaciar mis visitas a bien de no ser odiado por toda la familia paterna, con mi papa en el exterior estar ahí me hacia sentir en contacto con el.
Como el viernes siguiente cumplía trece años, no cumplí mi promesa y me fuí hacia la casa no con una, sino con dos películas. Me esperaba un regalo de cumple años que mi abuela me había comprado asesorada por mi tía, un par de zapatillas Nike.
Esa tarde salí a correr.

martes, 12 de julio de 2011

Memorias de un hijo de padres separados

En vacaciones pasaba quince días con mi papa y quince con mi mama, asi todo el verano.
En lo de mi papa vivíamos en Roldan, semi-campo, por lo que estábamos todo el día cazando sapos, y a la noche nos mandaban a bañar a todos los varones juntos, yo era el mas grande con nueve y los hijos de la esposa de mi papa siete y seis .
Esta vez mientras que me desvestía, note en mi madrastra ponía especial atención a mis movimientos.
Detectó que me sacaba el calzoncillo con resguardo y que los doblaba sobre el inodoro. Con un gesto con la mano extendida me pidió el calzoncillo, y al desenvolver el calzoncillo, unas palometas se hicieron presentes. Una sobreactuada carcajada, y ridiculización, seguido de varios de los chistes mas básicos y patéticos que incluso a mi corta edad pude identificar.
Serio, abstraído, en mi interior sentí lastima de estos seres, que se reían como un grupo de hienas burlonas de un calzoncillo manchado. También me sentí a salvo, sabía que era cuestión de tiempo que volara y me liberara de esta gente, que nunca alcanzaría, por lo menos en lo que respecta a mí el mas mínimo vuelo intelectual.
Al día siguiente, después de bañarnos buscó privacidad (para no dejar testigos supongo), me vistió con una camiseta mangas largas y arriba una camisa mangas corta. “Pobre” pensé, “mal se viste ella, y mal me viste a mi”, me peino, maternal, como una una hiena que lame a sus cachorros, asquerosa pero que maternal.
Mirándome a los ojos (espejo de por medio) me confeso, que sentía envidia de mi, por que yo tenia un padre que me quería y que sus hijos no, y que a veces yo me portaba mal, que no me merecía el padre que tenia y que sus hijos se lo merecían mas que yo. Así que mal peinado, mal vestido y con un nuevo dato de porque había que bancarse el mal trato, me fui a jugar con los patines de cuatro ruedas de mi hermana y las pequeñas hienas que convivía quince días seguidos en verano.
Que iluso esa noche supuse haberla ablandado. Al otro día tuvimos una discrepancia por un recital de los parchis y me metió un palazo en el brazo que tuvo que ponerme hielo para que no me quedara morado.

lunes, 11 de julio de 2011

Choborra

Después de varias semanas en la cual me recontra cague de frío, un día primaveral, veinte grados.
Una linda tarde para entrenar a fuera, luego de un par de minutos precalentando y haciendo demostraciones de golpes de pie.
Vemos con mi alumna a un habitante de la calle que nos imita, se ríe, hace comentarios”ese golpe es una boludees”.Al rato se cansa y se apoya en una baranda bastante cerca, como no le damos ni cinco de bola, se va a cercando, cada vez mas. La presencia se hace tan física y cercana que no podemos dejar de interrumpir la clase cuando levanta la mano como para ir al baño.
-¿que pasa amigo?- mientras pensaba “por favor que no me de la mano”.
Me miro franco y con ojos sinceros hizo una pausa, que le dio importancia y cierta tensión a la pregunta:
-Como mierda gano Macri-.
Yo me quedo boquiabierto, por el rapto de lucidez mental, que yo nunca le hubiera otorgado (primer error subestimar a las personas).
-Porque gano en todas las comunas.- Me comento asombrado por la elección de los porteños.
-Vos por quien votaste- Le pregunte (segundo error, no me lo saco mas de encima).
-Zamora- dijo cortito -es el único que me representa, ¿y vos?
-No vote, no soy de capital- Mentí.-
-Igual el ABL lo pagas ¿no?-
Yo le miraba la cara fijo para ver si era maquillaje la costra de mugre que tenia pegada en la cara, pero no, eran restos barro, (y cometí el tercer error), -si aumento un trescientos por ciento, en los últimos cuatro años-.
-Supongo que si tenes para pagar un trescientos porciento de aumento de ABL, no vas a tener problema en darme una moneda para poder tomarme una cerveza y olvidarme que en los próximos cuatro años nos va a gobernar el hijo de mil puta de Mauricio.
Gollll, no se como fue que termine dándole un billete de dos pesos. Y para rematarla y tratándolo como un par, (la cuarta y ultima boludez)- estamos jodidos-
Agarro la guita la junto con otra que tenia en los bolsillos, la contó, y mientras se iba sobre el hombro me retruco mientras se perdía en el parque ya alumbrado por las luces artificiales, - rejodido, no tengo envase-