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domingo, 22 de enero de 2012

Tercer tramo "La formula"

Del frente vidriado del edificio no queda nada, solo la estructura de metal escuálida. El lobby es amplio, lo atravieso hasta la mesa de entrada, el mármol brilla, todo parece nuevo. En un segundo de reflexión me parece mentira que hace una semana, en el pasado, yo estuviera acá mismo anunciándome con la recepcionista. Me recupero apoyado en la mesa de entrada, el vapor de mi aliento es denso, afuera el día está soleado y acá dentro la temperatura contrasta.
La adrenalina hace latir mis sienes. Retrocedo hasta la esquina y espío a mi perseguidor mientras trato de recuperar el aliento; no lo veo. Mano Nu está ansioso, me tironea de la manga delicadamente pero con firmeza, quiere que lo siga. Un optimismo apresurado me invade, estoy cerca, tengo que seguir; tengo que seguir, me repito
Llego hasta una escalera ancha que va para abajo y que me atrae como un imán. Está iluminada por la luz de la tarde que entra por todos lados, baja cuatro niveles desde acá, en la planta baja, en un cuadrado hacia los subsuelos con escalones que van pegados a la paredes, con descansos en cada vértice y en el medio el vacío. La baranda de bronce, verdosa y oxidada, me produce vértigo porque no tiene los paneles de vidrio que antes la completaba, está nada más que el pasamanos sostenido por las columnitas que forman una balaustrada delgada y débil.
Mano Nu está algo alterado, apoya sus patas delanteras arriba en mi falda y ensaya una serie de gruñidos y aullidos de bajo tono que me transmiten ansiedad. Ahora me da la espalda y corre. Entonces veo una sombra gigante, debe ser un animal del tamaño de una camioneta familiar. Casi seguro es el mismo oso que nos ha alcanzado. Le pega el sol de costado y el reflejo hace que el pelo se vea amarillento. No me ve, viene olfateando el suelo, huele un macetón grande donde hace diez minutos nos apoyamos y alguna vez hubo un árbol. Ahora se para en dos patas y lo empuja con fuerza, lo da vueltas y lo sigue arrastrando, parece estar jugando. El miedo no me deja respirar. Agarro con firmeza la barreta lanza, las manos me transpiran, no creo poder hacer mucho si me descubre. Lentamente apoyo un pie en el primer escalón, y así comienzo a descender.
En el primer descanso hago una pausa estiro el cuello e intento mirar para arriba, pero no veo nada desde este ángulo. Estoy pegado a la pared, me muevo un poco al vacío de la escalera para ver mejor hacia arriba, para averiguar si el oso entró al recinto. En este movimiento, sin darme cuenta, toco la baranda con la barra de acero y entonces se desprende de su base como si hubiera estado pegada solo por el sarro. Pero no cae esta parte sola. En cámara lenta, en un efecto dominó, el pedazo que toqué arrastra toda la baranda como si fuese una cinta que se despega de los bordes, y sus columnitas una a una, van cayendo. Cuando todo eso se encuentra con el suelo hace un estruendo ensordecedor e inocultable. El hueco interno de la escalera ahora no tiene protección y es un abismo.
Siento entonces un galope que hace vibrar el piso: el oso ha entrado. Miro hacia arriba y sí, asoma la cabeza gigante por el borde de la escalera. En cuanto hacemos contacto visual me saluda con un bramido terrible; las encías violetas sostienen una fila de dientes como estalactitas; el labio inferior cuelga rojo y parece la cresta de un gallo, babea, se le está haciendo agua la boca. Me sostiene la mirada y gruñe, pareciera que me dedica maldiciones. Ahora se para en dos patas y vuelve a rugir, contento. Me reclama como propio.
Levanto la lanza que no es más gruesa que un dedo con una punta símil flecha afilada en el cemento, como para tratar de asustarlo, anunciándole que estoy dispuesto y puedo lastimarlo. Pero por primera vez dudo que pueda atravesar la gruesa piel del monstruo y barajo la posibilidad de que todo termine acá.
Ahora se asoma desde la base de la escalera, la distancia me favorece, igual amago y grito tratando de convencer no sé a quién, él me responde con un zarpazo que me abanica viento frío. Quiere bajar hasta mí. Intenta un primer paso y retrocede frustrado. Intenta otra vez y vuelve a retroceder. Refunfuña como un nene caprichoso haciendo un movimiento negativo con la cabeza. La pata no le entra en el escalón y se resbala. Avanza nuevamente, trastabilla casi perdiendo sustento, y casi cae, pero logra volverse para atrás. Ahora sí que está enojado y me lo grita con toda su fuerza. Evalúa, mirándome fijo. Entonces me parece que se dispone a saltar hacia mí, nos separan veinte escalones. Se prepara como un nadador al borde de una pileta a punto de comenzar una carrera, veo tensados sus músculos.
¡Mano Nu ataca desde atrás mordiendo su pata trasera! El oso gira con rapidez y con un movimiento despectivo, como quien se saca una chancleta, lanza al perro a más de tres metros de distancia; Mano Nu se levanta inmediatamente y vuelve a la carga. El oso lo enfrenta y avanza hacia él, dándome el espacio suficiente para ganar el llano del lobby y con un grito de batalla lanzarme sobre la bestia blanca.
El zumbido que hace la vara metálica al cortar el aire es prometedor; le doy de lleno en la cara, cortándole perpendicularmente el ojo. Recula torpe, sorprendido.
La herida se abre como un cierre relámpago y la sangre que brota tiñe su cara blanca.
El tiempo se detiene. Los tres nos quedamos una milésima de segundos inmóviles.
La bestia se me abalanza totalmente desbocada. Con un grito de dolor me da un manotazo que me arroja por la escalera rodando por los escalones hasta el primer descanso. Se me apaga la luz.
Me despierto sin saber dónde estoy, otra vez… Mano Nu lame mi cara ensangrentada. Tengo un corte en el cuero cabelludo, el dolor baja desde los músculos de la nuca hasta mi cintura. La campera tiene cuatro cortes descendentes que dan fe del golpe que recibí. Cada uno se llevó su parte. Mano Nu me mira con la lengua afuera, jadeando, parece sonreír, a mí me duele hasta el pelo. Desde acá el cielo se ve naranja, ha comenzado el atardecer. Debo haber estado inconciente un buen rato, la temperatura baja con el sol y tengo que aprovechar la luz natural.
A simple vista, en los cuatro pisos que bajé no hay nada, las oficinas están vacías, no hay sillones ni escritorios, todo limpio. Voy directo al último subsuelo como dice la nota. Mano Nu baja conmigo pero se detiene en la escalera, se recuesta en uno de los últimos rayos de luz y desde ahí me mira.
No hay nada salvo los restos de la baranda desparramados por todas partes y el vestuario del personal. Hay una pared cubierta por un mueble de casilleros de metal, ninguno conserva su puerta, pero está intacto y todavía bien empotrado a la pared.
La luz se va, la oscuridad y el frío ganan espacio. Meto la barra entre el mueble y la pared y hago palanca. La mampostería se desprende medio podrida, pongo toda mi fuerza y el mueble cae, pesado, haciendo un ruido brutal. Mano Nu baja curioso y me encuentra frente a una puerta bastante más chica de lo normal.
Mientras mi vista se acostumbra a la penumbra, busco en mi campera la cajita con los fósforos que me quedan. Hay tres, es a todo o nada. El primero es un disparo en la oscuridad; el fogonazo ilumina la habitación con la potencia de una bengala, miro todo lo mas rápido que puedo: la habitación es el antiguo deposito de limpieza, frente a mí hay un escritorio de madera que arriba tiene una caja de cartón grueso sobre la cual hay un sobre blanco que parece una carta. En la punta de la pirámide hay aferrado un plato de té con una vela amarillenta pegada en el medio. El fósforo ya me quema los dedos. Con el segundo prendo la vela. La luz tenue y el silencio absoluto me dan la sensación de estar en un sepulcro.
En la caja de cartón hay varias latas plateadas sin etiqueta, cuatro botellas de agua, una de ellas vacía, una pequeña valijita de plástico que contiene una pistola que parece de juguete, tres cargadores vacíos y tres cajas de balas apiladas.
Abro la carta, antes de leerla me siento.

Mi amor
Hoy, día en que cierro este recinto como otra cápsula del tiempo, se cumplen veinte años de la muerte de Micol. Sé que lo que te voy a contar se va a modificar si tenés éxito. Juntos, vos desde allá y yo desde acá, vamos a cambiar el paradigma de la historia que nos separó.
Con tu partida quedó todo destruido, te llevaste un cuarto del edificio con vos. Nos hicieron muchas preguntas, nadie dijo nada, te dieron por muerto.
Dos años después de que ella nos dejó se completó la formula de la cura.
La situación se torno rápidamente inmanejable. Los laboratorios hicieron un intento de lucrar con el antídoto y no tuvieron en cuenta los imponderables de la naturaleza. El virus mataba en oleadas, nunca pudieron encontrar el método de contagio y cuando tuvimos la cura, una cepa más virulenta mutó y contagió a toda la comunidad científica, dejándonos de un plumazo sin la posibilidad de contraatacar.
Tenes que cortar esto de raíz atacando la epidemia en su comienzo, hacer masiva la cura, por afuera del sistema de los laboratorios.
Ahora somos una raza destinada a la extinción gracias a nosotros mismos.
Junto a tus compañeros que arriesgaron todo conmigo, llevamos adelante este proyecto.
La cápsula para la vuelta que construimos nos costó cinco años de trabajo en secreto.
Todo lo que te dejo lo desarrollamos durante tu ausencia en el instituto de ciencia y tecnología nacional, con la excusa de material para viajes interplanetarios: recipientes para agua sin vencimiento, comida que se conserva durante cientos de años, pistola de plástico y municiones no degradables; la fórmula del antídoto y una vela común.
Buscá una trampa similar a esta, en el subsuelo del edificio de Carlos Calvo, la batería va a estar a full, recordá “no poner nada de metal adentro de la capsula” o simplemente no va a funcionar, ya la dejo programada.
Micol nos dejó en calma, siempre tuvo la seguridad de que volverías; me lo aseguró una tarde mirando por la ventana: “Papá va a volver a buscarnos en cualquier momento”, te confieso que hice un esfuerzo muy grande para no quebrarme pero la abracé y lloré amargamente, ella me acarició la cabeza dándome fuerza; sentí tu presencia, tuve la sensación de que ibas a abrir la puerta en cualquier momento.
Ha sido una vida de sacrificios, que está llegando a su fin, no tengo más que mandarte un beso, decirte todo lo que te he amado durante todo este tiempo miserable y esperar para siempre que vengas por nosotras lo antes posible, te amo, te amo, te amo.

Tu compañera
Dominique.